viernes, 9 de marzo de 2018

Poner nota a una radiografía


La evaluación educativa siempre es complicada, porque es muy difícil medir y poner un número a las capacidades humanas; de ahí surge la necesidad de revisar continuamente la forma de calificar a los alumnos.
Normalmente, el sistema de calificación que está establecidos en la mayoría de colegios e institutos sigue un esquema parecido al siguiente: el 50% de la nota se asigna a la media de los exámenes escritos o controles que se suelen realizar al finalizar cada tema, el 30% se obtiene del cuaderno y trabajos que se realicen y, finalmente, el 20% se reserva para la actitud del alumno en clase.
Puede variar el porcentaje que se puede conseguir con cada apartado, pero la estructura y el sistema de calificación se repite en casi todos los centros.
Lo sorprendente es que en los tres casos la evaluación descansa o se apoya, únicamente, en los instrumentos de evaluación: los exámenes, el orden del cuaderno, la observación sobre el comportamiento o la actitud en clase; es decir, mayoritariamente, damos la máxima importancia a los instrumentos y nos olvidemos de lo que intentan medir esos instrumentos.
Es como si en las pruebas médicas, más o menos complejas, que nos realizamos en un hospital nos asignasen una nota de cero a diez: una nota en cada radiografía, en cada análisis, en cada consulta... ¿Lo imaginamos?: el radiólogo haciendo un informe en el que nos asigna 7,5 puntos a lo que ha observado en la placa del tórax, o el médico de un laboratorio que nos conceda 6 puntos en unos análisis de sangre. Es absurdo valorar el instrumento: la radiografía y el análisis de sangre, ya que lo importante es la información que se obtiene a través del instrumento o del medio empleado; es decir lo interesante es conocer el estado de los pulmones y de otros órganos, de los huesos y de todos y cada uno de los indicadores que se obtienen a través del análisis de la sangre.
Cuando se valora el instrumento, se ignora la información relevante y, además, se convierte en arma arrojadiza contra el propio docente. Hay una escena que se repite hasta la saciedad en nuestros centros: el maestro de Primaria o el profesor de Secundaria intenta explicar a un padre los malos resultados obtenidos por su hijo o hija para justificar que tiene que repetir curso: la nota media de los controles es un 4.5, el cuaderno no lo ha presentado en alguna ocasión o no lo ha llevado al día y, finalmente, el alumno ha sido revoltoso en clase; por todo ello la nota final en esa materia es de 4 puntos. Ningún padre acepta esa nota global y tiene argumentos de peso para rebatirlo: nunca entenderá que un 4,5 no sea igual de válido que un 5 para ser la frontera que separa el aprobado del suspenso, dirá que su hijo es igual de movido que otros alumnos y que el cuaderno no estaba tan mal. Lo peor de todo es que tienen razón y que, sin querer, nos vemos envueltos en situaciones en las que se nos cuestiona todo y se nos acusa de arbitrariedad. Eso nos lleva a sentirnos profesionalmente invadidos, desmoralizados e impotentes porque se pone en entredicho una de nuestras funciones: la evaluación.
Por ello, quizá resulte interesante dejar de dar importancia al instrumento de evaluación: el examen, el trabajo, las escalas de observación... para poner en valor lo que deben medir esos instrumentos: los aprendizajes que va adquiriendo el alumno. Actualmente, los aprendizajes que adquieren los alumnos se denominan estándares de aprendizaje evaluables.
Lo curioso es que la normativa nos dice eso: que los referentes de la evaluación en Educación Infantil, Educación Primaria, Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato son las competencias claves y los objetivos de cada etapa; pero como las competencias y los objetivos son difíciles de medir por ser conceptos muy complejos, asigna a los estándares de aprendizaje evaluables la función de ser la unidad básica de la evaluación. Es decir, el nivel de consecución de los objetivos y de las competencias solo puede venir determinado por los estándares de aprendizaje que haya conseguido el alumno.
Este cambio de enfoque creo que mejora la evaluación del aprendizaje, la profesionalidad del docente y ayuda más y mejor a los alumnos y sus padres. En este caso, la escena que se describe más arriba cambia bastante: ahora el maestro o el profesor informa a los padres de los estándares que ha superado su hijo (sin importar el instrumento de evaluación) y los que le faltan por conseguir. Aquí el padre solo puede agradecer que se le facilite la información, como agradecemos al médico del laboratorio la información que nos aporta sobre cada uno de los indicadores que se miden.
Por tanto, parece que es buena idea dejar de poner nota a los instrumentos, a la radiografía a los análisis, para centrarnos en la información que proporcionan esos instrumentos.

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